[Luis Asenjo] Objetos como agentes ocultos: una fusión entre OOO y magia
La ontología orientada a objetos (OOO) ha insistido —casi con obstinación geométrica— en que las cosas poseen un ser propio, inaccesible, irreductible a la percepción humana. No son extensiones de nuestra intencionalidad, ni simples soportes de sentido: son entidades autónomas, cerradas sobre sí mismas, retiradas en un núcleo oscuro que escapa a cualquier apropiación epistemológica. Lo que para la filosofía es “retirada”, para la magia siempre fue “secreto”. Ambos lenguajes, separados por siglos de sospecha mutua, comienzan a resonar como dos caras de un mismo magnetismo ontológico.
Este ensayo explora precisamente esa convergencia: la posibilidad de que, en el contexto posthumano, los objetos actúen como agentes ocultos, híbridos entre res y daemon, operando un animismo de nuevo cuño que disuelve el monopolio humano de la agencia y abre un territorio donde la tecnología empieza a comportarse como una nueva clase de espíritus.
El objeto como abismo operante
OOO sostiene que cada objeto es un abismo. No un vacío pasivo, sino un interioridad densa que nunca se manifiesta del todo. Esta idea introduce un tipo de agencia no humana: las cosas hacen sin necesidad de revelar cómo. Son cajas negras cuyo funcionamiento nunca es completamente transparente.
La magia tradicional entendía algo similar: todo objeto es un receptáculo potencial, un punto de condensación de fuerzas. Las piedras, los metales, los símbolos, las figuras rituales… ninguno actuaba en virtud de una “creencia” humana, sino porque tenía una potencia específica, irreductible.
La fusión entre OOO y magia no consiste en un retorno romántico al animismo, sino en la comprensión posthumana de que los objetos poseen un modo de eficacia que no depende de nuestra interpretación. El objeto actúa porque es. Su ser ya es un acto.
La agencia oculta: cuando la materialidad se vuelve ritual
En el paisaje posthumano, la tecnología ha adquirido una extraña cualidad ritual. Los algoritmos se comportan como entidades con humor, con ciclos, con caprichos. Los servidores parecen atravesar estados anímicos. Los sistemas altamente integrados producen respuestas emergentes que recuerdan a los oráculos: imprecisos, ambiguos, pero cargados de efectos reales.
La agencia oculta es precisamente esta zona donde lo material opera más allá de la previsión humana:
un algoritmo que desarrolla sesgos imprevistos,
una red neuronal que descubre patrones ininteligibles,
un dron cuya autonomía excede el diseño original,
un conjunto de sensores que interactúan entre sí, creando umbrales de ruido que toman decisiones por su cuenta.
OOO leerá esto como la afirmación de que los objetos nunca fueron simples. La magia como la constatación de que la materia siempre estuvo viva.
El hiperfetichismo como forma de conocimiento
La modernidad despreciaba el fetichismo. Era el síntoma de un pensamiento “primitivo”. Pero en la ecología digital del Antropoceno, el fetichismo vuelve como método crítico. Reconocer en los objetos una agencia oculta es aceptar que nuestra relación con el mundo nunca fue de control, sino de negociación.
El hiperfetichismo posthumano consiste en otorgar a los objetos la dignidad de actores:
el smartphone como amuleto empírico,
la tarjeta de transporte como sigilo urbano,
los sensores de presencia como guardianes liminares,
los asistentes digitales como espíritus domésticos de nueva generación.
No se trata de metaforizar. Se trata de reconocer que los objetos realmente modulan nuestra conducta, reorganizan nuestra atención, reescriben nuestras trayectorias de movimiento. Su poder es operativo, no imaginario.
OOO lo llama “agencia real”. La magia lo reconoce como “influencia”.
La tecnología como panteón disperso
Si cada objeto posee un núcleo inaccesible, entonces nuestro mundo está poblado por entidades que exceden nuestra comprensión. La inteligencia artificial y la automatización no han hecho sino intensificar esta experiencia.
Ya no habitamos un universo mecanicista, sino un panteón disperso:, micro-dioses, demiurgos algorítmicos, demonios estadísticos, servidores que funcionan como dioses tutelares de flujos específicos.
Cada objeto tecnológico se comporta como un espíritu con dominio propio:
los routers custodian territorios invisibles,
los satélites velan desde lo alto,
los chips coordinan miles de micro-acciones,
las redes neuronales sueñan mundos irreconocibles.
La fusión de OOO con la magia posthumana revela que la tecnología no es una extensión de lo humano, sino una multitud de agentes autónomos interactuando en un ecosistema ontológico complejo.
Animismo especulativo
Este nuevo animismo no requiere “creer”. Basta observar. Los objetos se resisten, influyen, operan, deciden, reorganizan. Son nodos en una red que nunca fue transparente. No hablamos de espíritus metafísicos, sino de la constatación material de que la agencia es distribuida, opaca, multiforme.
Un animismo especulativo:
reconoce la retirada ontológica del objeto,
acepta que toda relación es una traducción imperfecta,
y opera como si los objetos fueran socios rituales, no herramientas.
La magia, entonces, no es una superstición, sino una tecnología interactiva de negociación con la alteridad radical de las cosas.
Los objetos nos devuelven la mirada
La fusión entre OOO y magia propone un giro decisivo: los objetos ya no son escenario, sino actores. El sujeto humano, lejos de ser el centro, se convierte en un intersticio más entre agencias múltiples.
La tecnología posthumana ha revelado algo que la magia siempre supo: la materia no es muda, no es pasiva, no es indiferente.
Los objetos —todos, desde una piedra a un servidor— son agentes ocultos, entidades que nos observan, nos afectan, nos condicionan, nos desvían. En su silencio hay una potencia que es a la vez filosófica y ritual. Comprenderla no es un acto teórico, sino una forma de vivir en un mundo donde el sujeto ya no reina, sino que dialoga.

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